Senegal se coronó campeona de África en una final loca y tensa ante la anfitriona Marruecos (1-0), marcada por un penalti polémico en el descuento, el amago de abandono de los senegaleses y el fallo a lo Panenka de Brahim Díaz que cambió el destino del título.

Hasta el añadido, la final fue un duelo de gran nivel competitivo: Marruecos llevó más peso de balón y ocasiones, empujado por su público en Rabat, mientras Senegal resistía con orden, físico y la jerarquía de Mané para amenazar a la contra. El 0-0 parecía conducir a una prórroga más o menos lógica, con los Leones de la Teranga agarrados a su solidez y los Leones del Atlas buscando el golpe que validara el papel de anfitrión y favorito.
Todo saltó por los aires en el 90+8: el árbitro congoleño Jean‑Jacques Ngambo señaló un penalti muy discutido contra Senegal tras una acción dentro del área en la que los senegaleses reclamaban falta previa y venían de un gol anulado. La jugada desató la tormenta: el seleccionador Pape Thiaw, encendido, instó a sus jugadores a abandonar el campo y casi toda la selección, salvo Sadio Mané, se marchó hacia el túnel como gesto de protesta, mientras el colegiado y los marroquíes permanecían sobre el césped en un clima de máxima tensión.
Durante unos 10‑12 minutos el partido estuvo suspendido de facto: disturbios y nervios en la grada, futbolistas marroquíes sin saber si lanzar el penalti, y un escenario impropio de una final continental. Sólo la intervención de Mané, capitán y voz de experiencia, consiguió que sus compañeros recapacitaran y regresaran al campo, evitando una derrota por retirada que habría sido histórica y dejando el episodio en un amago de abandono que ya ha sido condenado públicamente por la FIFA y que será estudiado por la CAF para posibles sanciones.
Reanudado el encuentro, el balón acabó en los pies de Brahim Díaz, estrella de Marruecos y máximo goleador del torneo, que consideró el penalti con la opción de darle la Copa a la anfitriona en el 121′. El madridista eligió la versión más arriesgada: un lanzamiento a lo Panenka que Mendy, portero senegalés, leyó y detuvo, convirtiendo el que debía ser el momento cumbre de Marruecos en un mazazo psicológico monumental para los locales. Ese fallo cambió la energía del estadio y del partido: de la euforia anticipada a un silencio helado entre los marroquíes y una resurrección emocional de una Senegal que había estado al borde de abandonar la final minutos antes.
En la prórroga, contra todo pronóstico, la selección que mejor digirió la locura fue Senegal. Aprovechó el shock marroquí y, a los cinco minutos del tiempo extra, Pape Gueye firmó el gol del título con un zurdazo desde la frontal que se clavó junto al palo, imposible para Bono. Marruecos reaccionó tarde: tuvo ocasiones claras, como un cabezazo de En‑Nesyri al centro de Abde y algún acercamiento final, pero se encontró con un bloque senegalés otra vez compacto y decidió no dejar escapar una segunda Copa África tras la conquista en 2021.
El pitido final certificó el 1-0, el segundo título continental de los Leones de la Teranga y una de las finales más insólitas que se recuerdan en la Copa África, por fútbol y por guion. Senegal celebró sobre el césped del Príncipe Moulay Abdellah mientras, en los despachos, ya se abre el debate sobre el límite de la protesta: el intento de abandono, duramente criticado por Gianni Infantino, puede acarrear sanciones y deja una sombra incómoda sobre una noche en la que el campeón supo levantarse del caos… y el anfitrión, tras el penalti fallado de Brahim, no.
