El Real Madrid Baloncesto derrotó al Valencia Basket (90-105) en una semifinal histórica, marcada por el ritmo ofensivo, el récord anotador en una primera parte de Final Four y la capacidad blanca para competir incluso cuando las lesiones parecían dejarle sin recursos.

La semifinal tuvo más de intercambio de golpes que de partida de ajedrez. Desde el salto inicial quedó claro que ninguno estaba dispuesto a especular. Valencia, debutante en una Final Four, jugó con la valentía de quien no tiene nada que perder. El Madrid, con la experiencia de quien lleva décadas sobreviviendo a escenarios así.
El primer tiempo fue un festival ofensivo. Ambos equipos rompieron registros hasta alcanzar los 118 puntos combinados al descanso, la cifra más alta jamás vista en una primera mitad de una Final Four.
Lejos de acusar las bajas interiores, el Madrid encontró respuestas desde el perímetro y desde el juego colectivo. Mario Hezonja lideró los momentos de máxima exigencia, mientras Andrés Feliz aportó energía y control cuando el partido amenazaba con romperse.
Valencia nunca dejó de competir. Cada acelerón blanco encontraba respuesta. Pero cuando llegó el tramo decisivo apareció la diferencia entre un equipo que soñaba con la final y otro que lleva años habitándola.
El Madrid endureció su defensa, castigó las pérdidas y encontró canastas sencillas en transición. La lesión de Usman Garuba añadió dramatismo a la noche, pero no frenó a un equipo que terminó imponiendo su profundidad competitiva.
Más que una victoria, fue una demostración de experiencia. El Valencia se ganó el respeto de Europa. El Madrid, otra final.

