El Real Madrid gana 4-1 a la Real Sociedad en el BernabéuEl Real Madrid gana 4-1 a la Real Sociedad en el Bernabéu

El equipo de Arbeloa trituró la condición de invicta de la Real de Matarazzo con una noche desatada en el Bernabéu, guiado por el olfato de Gonzalo y un Vinicius, para firmar un 4-1 que alimenta su racha.

El partido empezó como quería el Madrid: vertical, directo y con su ‘9’ de área oliendo sangre desde el primer ataque. Gonzalo, que vive del toque justo en el sitio correcto, abrió el marcador rematando un centro tenso desde la derecha con apenas la puntita de la bota, como han hecho toda la vida los delanteros de área pura. El guante de Arnold encuentra siempre el área, y Gonzalo traduce esos balones en goles con una naturalidad que no entiende de parafernalia, solo de instinto.

Gonzalo marca el primer gol en la victoria 4-1 frente a la Real Sociedad
Gonzalo marca el primer gol en la victoria 4-1 frente a la Real Sociedad

Su caso, además, viene acompañado de una estadística que explica muchas cosas: con Mbappé en el campo, sumaba 0 goles en 574 minutos; sin el francés, 10 en 797, a los que hay que añadir el tanto de hoy. No es una cuestión de tronos ni de egos —este Madrid sin Mbappé y sin Courtois sería un naufragio, un Titanic a la deriva—, sino de hábitat. Cuando coincide con el francés, Gonzalo acaba desnaturalizado en banda; cuando ocupa el carril central, el área se convierte en su domicilio fiscal. Es un nueve de los de antes, de área, que por instinto y manera de perfilarse empieza a recordar al primer Raúl González Blanco: siempre donde cae el rebote, siempre medio segundo antes que los centrales.

El problema para Arbeloa aparece al otro lado. En defensa, el Madrid sigue sin estar. Huijsen todavía juega a un ritmo de aprendizaje que la élite no perdona y lo pagó pronto. Yangel Herrera rompió en segunda línea, aprovechó un espacio a la espalda del mediocampo y el central español se tiró al suelo con precipitación, cometiendo un penalti de niño pequeño. Oyarzabal, desde los once metros, volvió a ser un seguro y puso el 1-1, castigando una falta de concentración que el Bernabéu empieza a reconocer como un patrón.

La diferencia con otras noches fue la reacción. Lejos de hundirse, el Madrid respondió con un arreón de los que desordenan cualquier libreta. Vinicius activó el modo tormenta en la banda. Primero, en la primera parte, destrozó a Aramburu con una arrancada larga y una frenada seca en el área que forzó un penalti clarísimo: cambio de ritmo, cadera y el lateral txuri-urdin sin saber si agarrar, achicar o rezar. El brasileño convirtió el 2-1 desde los once metros con la frialdad de quien ha asumido que también su firma cuenta desde el punto de penalti.

Con la Real proponiendo un partido abierto, de tú a tú, el choque se convirtió en un festival de espacios que el Madrid agradeció. Desde la frontal apareció Valverde, siempre tímido con un golpeo que su entorno le exige explotar más. “Tienes que tirar más”, le había repetido su mujer; y en una noche de San Valentín no era cuestión de llevarle la contraria. El uruguayo cargó el disparo, encontró hueco y sacó un derechazo a la escuadra que arrancó un rugido del estadio. Más allá de la postal, la jugada guardó un guiño para los más atentos: el trabajo de Gonzalo fijando a los dos centrales, impidiéndoles salir a bloquear el disparo y limpiando la ventana para que el golpeo de Valverde viajara limpio.

Nada más arrancar la segunda parte, el guion se reanudó donde lo habían dejado Vinicius y Aramburu: en el uno contra uno. El brasileño siguió bailando con el lateral, esta vez con un caño incluido que encendió al Bernabéu antes de que llegara el contacto. Otra vez dentro del área, otra vez la cadera por delante, otra vez el defensor superado y otro penalti que el árbitro no dudó en señalar. Vinicius, de nuevo desde los once metros, cerró su doblete y el 4-1, certificando una noche de tortura para Aramburu, que se marchó con la sensación de no haber encontrado nunca el mapa para seguirlo.

Con el encuentro encarrilado, llegó el momento emocional de la noche. En el 60, el cuarto árbitro levantó el tablón y apareció el ‘2’: entraba Carvajal. El Bernabéu se levantó como un resorte para aplaudir a su capitán, en un gesto que sonó a abrazo colectivo tras unas semanas de polémicas y debates encendidos. El partido estaba donde quería el Madrid, pero la grada necesitaba también reconciliarse con ciertas figuras; el regreso del lateral, con su mezcla de liderazgo y oficio, funcionó como un cierre simbólico de heridas.

A partir de ahí, el Madrid se gustó. Con balón, explotó el contexto ideal: partido roto, metros por delante, Valverde con libertad, Vinicius atacando cada uno contra uno y Gonzalo viviendo entre centrales. Gonzalo, Camavinga y Valverde actuaron como perros de presa, saltando sobre el primer pase de la Real y desconectando muchas de sus salidas.

La Real, que llegaba invicta en la época de Matarazzo, se marchó del Bernabéu con la sensación de haber sido valiente, pero desbordada por la pegada y por la noche de inspiración del conjunto blanco. El Madrid, por su parte, encadena su octava victoria consecutiva en Liga, alimenta la narrativa de un equipo que cuando vuela hacia adelante parece imparable, pero se va a casa sabiendo que la película no es perfecta: los ratos de desconexión sin balón y la eterna duda de cómo encajar a Gonzalo y Mbappé en su mejor hábitat siguen ahí.

En San Valentín, el Bernabéu se marchó enamorado de su equipo. La cuestión, para lo que viene, es si el Madrid será capaz de sostener esta historia más allá de las noches de flechazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *