El Albacete tumba 3-2 a un Madrid frágil, arruina el debut de Arbeloa y confirma que, tras la caída de Xabi, el feo no era tan feo… y curiosamente Xabi siempre ha resultado parecer guapo a ojos de todo el mundo.​

  • Pedro Valera Navarro | 23:18                                                                      Actualizado  14-01-2026

La noche que debía servir de reseteo acabó convertida en golpe de realidad: el Carlos Belmonte asistió a un Albacetazo de manual que dejó al Real Madrid fuera de la Copa y a Álvaro Arbeloa con su primera cicatriz en el banquillo. El equipo blanco, mostró una fragilidad estructural alarmante y un vértigo defensivo que el Albacete castigó con una fe casi insolente. El gol de Jefté Betancor en el 94’, después de un empate agónico de Gonzalo García en el 90’, convirtió la supuesta noche tranquila en un relato muy incómodo: quizá el problema no era tanto el entrenador despedido como un club que ha dejado de parecerse a sí mismo.​

Arbeloa apostó por una versión copera del Madrid: Lunin bajo palos; defensa con canteranos y rotaciones; un centro del campo sin jerarquías claras y Mastantuono y Güler como guiños al futuro para intentar encender una chispa que el equipo ha perdido. El plan, sobre el papel, tenía lógica: mucho balón, ritmo alto y juventud para someter a un Albacete que, en teoría, debía sufrir lejos de la élite, pero en la práctica el dibujo quedó desnudo en cuanto el partido empezó.

Al otro lado, el Albacete de Alberto González se parapetó en un bloque bajo, sin complejos, dispuesto a sufrir sin balón, pero con la convicción de que cada recuperación podía valer una vida, y pronto descubrió que este Madrid domina el paisaje, pero se desmorona en cuanto el guion deja de ser cómodo.​

En el 42’, Javi Villar cabeceó un córner a la escuadra y encendió la idea de que el guion podía saltar por los aires; el Madrid respondió a trompicones y sólo un remate en el descuento, de Mastantuono tras otro córner, maquilló al descanso un 1-1 que hablaba más de talento individual que de estructura colectiva. El empate no calmó al líder caído, sino que agrandó sus dudas: tras la reanudación, el Madrid siguió mandando en la pizarra, pero el partido se jugaba, cada vez más, al ritmo sentimental del Belmonte, donde cada recuperación local sonaba a anuncio de tragedia blanca.​

El tramo final fue un ejercicio de contraste: mientras el Madrid acumulaba centros y decisiones precipitadas, el Albacete afilaba sus transiciones como quien espera al boxeador mareado para asestar el golpe definitivo. A falta de menos de diez minutos, Jefté Betancor apareció en el segundo palo para clavar el 2-1 tras una acción a balón parado, castigo a una defensa que ni despeja con contundencia ni protege segundas jugadas.​ Parece ser que los jugadores del Madrid se han olvidado que los goles los hace la gente que ocupa el área.

Parecía la sentencia, pero el Madrid, fiel a su costumbre de vivir al borde del abismo, encontró oxígeno en otro córner: Güler puso el envío, Gonzalo García remató de cabeza en el 90’ y el 2-2 alimentó el viejo relato del ADN ganador, ese que tantas veces ha rescatado a este club de noches aún peores. Sin embargo, esta vez el mito duró lo que tarda en respirar un estadio: en el 94’, Jefté se escapó al espacio tras un contraataque, en el que iba en inferioridad, y dibujó una comba que congeló a Lunin y a todo el madridismo, una definición tan delicada como brutal en su significado.​

El Albacete se marchó de su estadio sabiendo que había sido mejor en lo que hoy distingue a los equipos grandes: convicción, plan y personalidad para sostenerlo, más allá de los presupuestos. El Madrid, en cambio, abandonó la Copa del Rey con la certeza de que ya no basta con cambiar de cara en el banquillo; cada partido confirma que aquel equipo sólido del inicio de ciclo ya no existe y que, visto lo visto, el feo no era tan feo… y quizá el único realmente guapo de esta historia era Xabi, por mucho que ahora el espejo se empeñe en negarlo.

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