Arbeloa debuta en el banquillo del Bernabéu con una victoria 2-0 sobre el Levante al son de una pitada de las que hacía años que no se escuchaban en el estadio

La primera parte fue el último capítulo de un problema viejo: un Real Madrid lento, previsible y sin colmillo, incapaz de generar algo más que un disparo claro en 45 minutos, precisamente el de Gonzalo García, el canterano que acabó siendo sacrificado al descanso como cambio fácil. La grada no compró el relato de transición ni el escudo de la novedad en el banquillo: el equipo se marchó al vestuario entre pitos generalizados, con Vinicius y Bellingham como dianas preferentes de un Bernabéu que también empezó a mirar hacia el palco.
El 0-0 del descanso fue sólo la excusa estadística de una sensación mucho más profunda: el Madrid no transmitía nada y el socio lo devolvió en forma de bronca histórica. Cada control impreciso de Vinicius y cada decisión errática de Bellingham amplificaban los silbidos, mientras desde algunos sectores bajaban con fuerza los gritos de “Florentino dimisión”, señal inequívoca de que el enfado ha superado ya la frontera del césped. En medio de ese clima, el cambio de Gonzalo —el único que había logrado probar al portero en la primera mitad— sonó a mensaje equivocado: el canterano fuera, los pesos pesados dentro.
La segunda parte, sin embargo, mostró por fin una versión reconocible de equipo grande: la entrada de Arda Güler y Mastantuono dio al Madrid más claridad entre líneas y mejor circulación cerca del área. En el minuto 58, un penalti sobre Mbappé revisado por el VAR abrió la puerta de la tranquilidad; el francés no dudó desde los once metros y firmó el 1-0 que rebajó, por momentos, el nivel de crispación en la grada.
El Levante apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de encajar el segundo: en el 65, Asencio se elevó en un córner botado por Güler y conectó un testarazo impecable al segundo palo para el 2-0, confirmando que, cuando el Madrid acelera de verdad, sigue teniendo recursos de sobra para someter a rivales de media tabla. A partir de ahí, el equipo se dedicó a administrar la ventaja, encerrar al Levante en su campo y dejar correr el cronómetro, esta vez sin despistes atrás ni concesiones que reabrieran el partido.
El pitido final certificó tres puntos necesarios en la clasificación y una victoria en el debut de Arbeloa en el banquillo del Bernabéu, pero no apagó del todo la sensación de distancia entre el equipo y su estadio. El Madrid se fue a casa con una buena segunda parte, goles de Mbappé y Asencio y un técnico que empezó a agitar el árbol desde el descanso; el Bernabéu, con la impresión de que el resultado maquilla una noche en la que la verdadera noticia fue el grito colectivo de hartazgo que, por momentos, pesó más que el propio 2-0
