El francés abre el marcador con el gol que le permite alcanzar los 59 tantos en 2025, igualando el récord de Cristiano Ronaldo en un año natural con el Madrid, y lidera a un equipo más práctico que brillante ante un Sevilla resignado

No fue una noche para videoteca, pero sí para la historia del club: el Real Madrid ganó 2-0 al Sevilla en el último partido liguero de 2025, apoyado en la pegada de Mbappé, que cazó el mítico registro de 59 goles en un año natural que hasta entonces sólo pertenecía a Cristiano Ronaldo. El equipo de Xabi Alonso, aún lejos de su versión más fluida con balón, manejó el partido desde la solidez, apretando cuando debía y bajando pulsaciones cuando el rival amagaba con estirarse. El Sevilla, que empezó con cierta intención de discutir la pelota, acabó atrapado en su propio repliegue, incapaz de castigar las pocas dudas que dejó el líder.
Xabi apostó por un once continuista, muy de “partido serio antes de vacaciones”: Courtois; Carvajal, Rüdiger, Militão, Fran García; Tchouaméni y Camavinga por dentro; Bellingham como enganche detrás de Mbappé y Vinicius, con Valverde intercambiando bandas y zonas para equilibrar. La idea era clara desde el primer minuto: presión alta en la primera fase para incomodar la salida del Sevilla, laterales agresivos y mucha presencia interior para que Bellingham y Mbappé recibieran entre líneas, obligando a la zaga andaluza a decidir si saltar o hundirse.
El Sevilla, con un 4-2-3-1 clásico, trató de sostenerse desde el doble pivote y las ayudas constantes a sus laterales, muy exigidos por las diagonales de Vinicius y los apoyos de Bellingham. Pronto quedó claro que el equipo de Nervión no tenía piernas ni convicción para sostener una presión alta sostenida, y fue reculando hasta convertir su plan en un bloque medio-bajo con la mirada puesta más en el 0-0 que en el área de Courtois.
El choque se empezó a romper cuando el Madrid aceleró en campo rival: a los veinte minutos, una circulación paciente por dentro terminó con Tchouaméni filtrando un pase a Bellingham, que giró y encontró a Mbappé atacando el intervalo central-izquierdo. El francés encaró, pisó área y definió cruzado para el 1-0, un gol que no fue sólo ventaja en el marcador: con esa diana alcanzó los 59 tantos en 2025 con el Real Madrid, igualando el récord de Cristiano Ronaldo de goles en un año natural y entrando en la misma estantería estadística que el máximo goleador de la historia blanca.
Con el marcador y la efeméride a favor, el Madrid no se lanzó a un intercambio de golpes, sino que eligió madurar el duelo: posesiones largas, presión tras pérdida bien sincronizada y pocas pérdidas en zonas comprometidas. El Sevilla apenas encontró resquicios más allá de alguna transición aislada que Courtois y la pareja Rüdiger–Militão desactivaron con autoridad, y la sensación al descanso era de dominio blanco sin necesidad de exhibición.
Tras el paso por vestuarios, el guion no cambió demasiado: los andaluces quisieron adelantar unos metros la presión, pero cada vez que lo hicieron el Madrid castigó a la espalda, sobre todo con las rupturas de Vinicius y las conducciones de Valverde. El 2-0 llegó en la fase más cómoda del líder: una jugada nacida en la izquierda, con Fran García doblando, centro tenso al primer palo y aparición de Bellingham desde segunda línea para rematar y cerrar el partido con su firma habitual de llegador.
A partir de ahí, Xabi movió el banquillo, dio minutos a piezas de rotación y permitió que el encuentro muriera donde más le convenía: lejos de Courtois, con el Bernabéu más pendiente de aplaudir el récord de Mbappé que de exigir fuegos artificiales.
El 2-0 ante el Sevilla no cambiará narrativas por sí solo, pero refuerza una idea clave: cuando el Madrid decide ser sólido y madurar los partidos, se parece mucho más al aspirante a todo que al equipo inestable de algunas semanas anteriores. Y en la noche en la que muchos pensaban en vacaciones, Mbappé se reservó un último titular de 2025: igualó el récord de 59 goles de Cristiano en un año natural y dejó la sensación de que, al menos en términos de colmillo, el relevo generacional ya no es una hipótesis, sino una realidad con acento francés.
